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Luisa Peña Herrero

Luisa Peña Herrero

«Lo que calla tu mirada», una charla con Elena Peña Bilbao

La autora nos desvela curiosidades de «Lo que calla tu mirada», una historia de amores infinitos ambientada en la primera mitad del siglo XX.

Desde que salió a la venta Lo que calla tu mirada, me apetecía muchísimo leerla: una novela de época sobre un amor prohibido entre dos mujeres. Con esta breve síntesis ya promete, ¿a que sí? 

Pues resulta que va más allá, que el amor del que habla esta historia se arranca el corsé. Amelia e Irune, las protagonistas, me han recordado que el amor no cabe en una definición, no se amolda a una sola clase. Es expansivo y se despliega hasta el infinito.

Y todo esto he tenido la suerte de comentarlo en una videollamada con su autora, Elena Peña Bilbao, a la que sigo desde hace años, cuando publicó Si el agua nos lleva y Todo cambió ese verano. Elena estudió Historia del Arte, pero ha trabajado como guionista de series y ahora imparte clases de escritura creativa. 

Además de escribir de maravilla, es un encanto. Con ella es fácil pasar de la reflexión a la risa, de lo profundo a lo cotidiano. Por eso charlamos tanto rato, aunque por evitar spoilers me he visto obligada a recortar algunas partes de nuestra conversación.

Elena Peña Bilbao

Sinopsis de «Lo que calla tu mirada»

Bilbao, 1914. Amelia Eguren, hija de una familia ilustre, está a punto de casarse con un hombre al que apenas conoce. Tras su compromiso se esconden muchos intereses, algunos que ella ni siquiera sospecha. Mientras que él es el dueño de uno de los negocios más prósperos de la ciudad, Amelia dirige en la sombra la fábrica de gaseosa La Blanca, así que esta alianza podría brindarle todo aquello por lo que ella siempre ha luchado.

Sin embargo, cuando Irune, una humilde limpiadora, entra a trabajar en la fábrica, su percepción sobre el mundo cambia, y entre ambas aflora un inesperado vínculo por encima de los prejuicios. A lo largo de cuatro décadas, estas dos mujeres lucharán por sobrevivir y se aferrarán al amor en un tiempo convulso en el que las guerras, la enfermedad y la lucha por la libertad sacudirán sus hogares.

¿De dónde nació esta historia?

Tenía muchas ganas de escribir algo histórico o de época. Mi primera novela, Si el agua nos lleva, la desarrollé en 1983, pero tenía ganas de irme mucho más atrás.  

Empecé a darle vueltas. Lo que tenía muy claro era que se desarrollaría en Bilbao, así que pensé: ¿qué parte de la historia de la ciudad me gustaría plasmar? 

Lo primero que se me vino a la cabeza fue el incendio del Teatro Arriaga, que aunque después estuvo muchísimos años sin reformarse, es muy emblemático de la ciudad. Decidí tirar del hilo, a ver qué se me ocurría, y a partir de ahí surgió Amelia, Friedrik… y luego Irune. Entonces fue cuando todo encajó.

Qué hilo conductor más bonito... Irse al pasado es maravilloso, ¿verdad?

Es un reto, porque al final la historia es la misma, en el sentido de que es una historia de amor o de superación. Pero es un reto situarla en un lugar, en una fecha que ni conoces ni dominas, y que por supuesto tiene sus hándicaps. No nos comportamos igual ahora que hace 100 años o más. 

Me ha parecido muy interesante que le hayas hecho guiños al vasco durante toda la novela. El que más, cuando durante la guerra civil llaman a Irune Trinidad.

Pues viene de una historia real. Eso le pasó en el colegio a la hermana pequeña de mi abuelo, de mi aitite. Se llamaba Irune y la obligaron a llamarse Trinidad. Y a mí se me quedó tan grabada esa anécdota familiar que al final la metí en la novela, de otra manera pero la metí.

Para inspirarte en la historia de Amelia e Irune, ¿leíste sobre mujeres que vivieron algo parecido, te inspiraste en alguien?

La verdad es que no. Procuré no centrar la historia de amor en que fueran dos mujeres. Es el centro, pero no quería que fuera lo que ocupara todo.

Mi intención era tomar una historia de amor entre dos mujeres como si hubiera escrito una historia de amor entre un hombre y una mujer.

Quería darle esa normalidad dentro de la anormalidad de aquella época. Por eso no me documenté más allá en ese sentido, para abordarlo de una forma natural. 

Y lo consigues. Su amor va cuajando despacito. ¿Cómo has hecho para sostener la tensión narrativa durante varias décadas?

Tenía que ir muy poco a poco. Me imaginaba que si te enamorabas de una mujer en aquella época en la que ni siquiera sabías que eso era posible, ¿cómo sería, cómo pensarías? 

Visualizaba como un proceso lento ese darse cuenta de que lo que tú pensabas que era amistad era otra cosa. Creía que prolongarlo en el tiempo haría que resultase más creíble. 

Esos tiempos al «darse cuenta» varían entre una y otra. Es curioso que al final la parte más conservadora sea la que tiene menos prejuicios.

Pensé que la educación, y la posibilidad de viajar, te abre mucho las miras. Una persona como Amelia habría tenido más oportunidad de ir al Moulin Rouge, ver ciertas cosas… 

Sin embargo, Irune no había salido nunca de la ciudad, que era bastante retrógrada en aquella época.

Es preciosa la escena de Amelia en París, cuando descubre ese mundo…

Claro. Eso es lo que a ella le abre los ojos. Ahí se da cuenta de que eso que siente existe, que no está loca. 

Y el momento en el que ve a dos mujeres besarse por primera vez... ¡Se le queda tan grabado!

Al final es de lo que se habla mucho ahora: la importancia de tener referentes. Para Amelia ese momento se convierte en un referente. Irune no tiene ningún referente de nada, solo a Amelia y lo que puede sentir por ella.

Me pareció que por ahí podía contrastar las diferentes formas de darse cuenta.

Lo que calla tu mirada

A pesar de la diferencia de clase entre ellas, en la novela se ve como algún secundario. Todas las dificultades que ya sufren ellas por ese tipo de amor lo relega a un segundo plano.

La dificultad que en aquella época encontraban dos mujeres para amarse parece que lo llena todo. Es muy complicado para ellas y para los de fuera. Por una parte, yo no quería que eso fuera el conflicto total, pero es inevitable que sea lo más importante.

La diferencia de clases, una vez que han atravesado la barrera de amistad, queda en un segundo plano. Quizá porque entre ellas hay una relación íntima. Un hombre y una mujer por más que lo empiecen llevando en secreto acaba haciéndose público. Sin embargo, entre dos mujeres podía seguir siendo íntimo para la sociedad, como una amistad, un compañerismo, un cariño… lo que sea. Eso influye para que la diferencia social se diluya.

Más allá de ese conflicto central de amor entre ellas, conectamos con la idea que no solamente amamos a una persona, que existe la libertad en el amor. ¿Era eso lo que querías transmitir?

Sí, totalmente. Cuando lo estaba escribiendo, y sobre todo en esa última parte, tenía muy claro que no quería dar el discurso de que solo vale el amor romántico que se siente por una pareja. Hay otras clases de amor: el que sienten por sus hijos y por sus parejas (aunque quizá el amor haya pasado del romanticismo a la amistad). 

Quería que hubiese un montón de tipos de amor alrededor de ellas y, aunque el suyo sea muy importante, que no hiciera de menos al resto.

¿Hay algo de ti en las protagonistas?

No. Siempre me identifico con ciertos momentos con ellas o me pongo en su lugar para escribir sobre ellas, pero cojo detallitos como los que te he contado de Trinidad o cosas así que se me ocurren. Lo que no hago nunca es coger a una persona ajena y calcarla. Ni a mí misma, claro. Me sale más conocer al personaje y meterme yo dentro de ese personaje. 

¿Has tenido más feeling con una que con la otra?

Yo creo que las quiero igual. En cada momento cada una me ha dado cosas diferentes. Le tengo mucho cariño a la Irune de la parte cuarta, de la guerra civil, por ser madre y todo lo que conlleva ese sufrimiento por los hijos.

Amelia me encanta al principio. Ese valor y ese miedo que tiene a casarse, pero al mismo tiempo es una mujer muy fuerte que se atreve a cosas que ni ella misma se imagina.

En cada parte de la novela voy fluctuando.

Entiendo que has volcado tu experiencia como madre, que has podido usarla…

Sí, y sufría, ¿eh? En la última parte yo decía voy a sufrir mucho, esto lo voy a tratar un poco con cuidado, porque me toca. Desde que soy madre hay ciertas cosas que, incluso cuando leo, dejo de lado porque me hacen demasiado daño.

Y en cuanto a los escenarios de la novela, ¿te documentaste en sitios reales? Por ejemplo, con el orfanato.

Sí, me documenté. Vivo muy cerca de donde estaba ese orfanato. Ahora ya no existe. Pero sí, recabé toda la información que pude. Sobre todo busqué muchas fotos para hacerme una imagen visual de cómo podían estar las camas. 

¿Y la fábrica de cervezas?

La fábrica de cervezas no existe actualmente. Hay una marca de cervezas que en aquel momento sí existía, que es La Salve y ahora ha vuelto a funcionar. Me he inspirado en fotos e imágenes de varias para crear una diferente. 

La única que sí existe es la de Harina Panadera, que ya no es una fábrica de pan, es un ambulatorio, pero todavía conserva la parte de fuera. 

El rol que juega Amelia en la fábrica impresiona bastante. Aun teniendo dinero, su vida está llena de conflictos, como el de alzar la voz entre tantos hombres para que la obedezcan.

Sí. Ella es mujer, está sola y no tiene padres. Su hermano no hace nada. No importa que fuese de clase alta y de buena familia, también tenía muchos problemas.

Si te tuvieras que quedar con algún momento de la historia, ¿con cuál sería?

Me vienen a la cabeza tres, pero no por hacer spoiler diré solo uno: la escena del primer beso. El rápido.

Lo que calla tu mirada

¿Y qué mensajes te están llegando de las lectoras y lectores? ¿Crees que se ha captado lo que querías transmitir?

Yo creo que sí. Hay mucha gente que me dice que al final ha llorado. Y me hace ilusión, es un poco raro que me haga ilusión hacer llorar a la gente, pero significa que hay sentimiento, que les ha llegado. 

También la gente de Bilbao me dice que le gusta reconocer los sitios, o que su familia vivía no sé dónde. 

Eso es precioso, le haces muy buena publicidad a tu tierra y realmente entran ganas de ir.

El chalet en el que me he inspirado para la casa de Amelia todavía está. Ahora tiene oficinas, pero lo que el exterior sigue ahí.

Y tú como escritora, ¿cómo eres?

Me suelo documentar un poco al principio, pero hasta que no sé bien por dónde va a ir la historia no me meto demasiado en la investigación. Después de varias novelas ya sé que lo primero es cuadrar las fechas y luego ahondar en esos hechos en concreto.

En el proceso de escribir siempre suelo escribir una trama de unos 20-25 folios y desarrollo a los personajes. Soy muy mapa. Además, como soy profe de escritura suelo dar el consejo de que se organicen y hagan esto, esto y esto… Aunque luego les dejo amplitud para cada uno, ¿eh? 

A mí me ayuda mucho este orden, porque luego cuando te pierdes en la página 253 y no sabes a dónde ibas tienes una especie de raíz a la que aferrarte. Puedes hacer cambios, pero la dirección la mantienes. 

En definitiva, me pongo a escribir, escribir, escribir y luego corrijo, corrijo, corrijo.

¿Y a quiénes tienes de referentes?

Soy mucho de Isabel Allende, de Paloma Sánchez-Garnica, Kristin Hannah, Irène Némirovsky… Muchos personajes importantes, personajes femeninos importantes… Luego leo de todo. Dame un buen thriller y ahí voy. Quizá lo que me cueste un poco más sea la fantasía, pero también voy.

¿Recomiendas algún libro?

Estoy con la trilogía de Indira de Santiago Díaz y me tiene enganchada. No sé si recomendarlo o decir: cuidado, no vais a salir en un mes. Muy intrigante, me lo estoy pasando muy bien. 

¡Gracias, Elena! La próxima vez, nos tomamos un café.

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