Luisa Peña Herrero
Pioneras y herederas: Un café con María Montesinos
Existe un tipo de admiración que solo se despierta ante determinadas personas. Es tan profunda que nuestro ego se disuelve y el corazón se abre de par en par, listo para absorber sabiduría y tender un puente entre las dos almas. Parece una suerte de milagro, como el brote tierno de una rama en una mañana de abril, pero cuando ocurre se crean conexiones humanas auténticas, profundas, irrompibles.
A mí me sucedió cuando descubrí a María Montesinos. Escritora y periodista, ha trabajado en medios y en comunicación social. Como autora, ha explorado géneros como la novela romántica, la contemporánea y la histórica. Entre sus obras se encuentran títulos que jamás olvidaremos: Un destino propio (en este post podrás leer mi reseña), Una pasión escrita, Una decisión inevitable y Te llamaré Celia.
Me cautivó su capacidad para tejer historias emotivas y su dominio exquisito del lenguaje. Sus libros contienen todos los ingredientes con los que disfruto al saborear las lecturas: viajes al pasado, mucha documentación histórica, protagonistas persiguiendo sus sueños, romances que no eclipsan el relato, tramas con poso para reflexionar.
En su última novela, Te llamaré Celia, la autora nos traslada al Madrid de los años 20 para ponernos en la piel de Elena Fortún, una mujer rebosante de imaginación y talento que buscaba la libertad intelectual para dedicarse a la escritura. A través de su figura, nos adentramos en la Residencia de Señoritas y en el Lyceum Club, puntos de encuentro de nuestras pioneras, las raíces de las que somos herederas, lugares donde se sembraron las semillas del feminismo en España.
En esta conversación cálida, entre sorbos de café y algunas risas, María Montesinos revela cómo construye sus universos creativos, donde la investigación rigurosa se entrelaza con vínculos emocionales para darle vida a sus personajes.
¿Cómo te surgió la idea de escribir sobre Elena Fortún?
Yo quería escribir sobre los años 20 en España. Tras haberme centrado en la Restauración, me parecía el desarrollo natural pasar a esa época. Había descubierto algunas cosas sobre la evolución de la Institución Libre de Enseñanza en esos años, y a partir de ahí, empecé a investigar.
Además, me había leído una biografía muy buena de María Lejárraga, La mujer sin nombre, de Vanessa Monfort, que me encantó, y tirando del hilo llegué al entorno de la Residencia de Señoritas y a Elena Fortún. A ella la conocía de oídas. Mi madre tenía algún libro de Celia y el personaje se había hecho popular por la serie de televisión, pero yo soy de una generación posterior a esos libros, así que fui poco a poco informándome sobre su historia.
¿Qué aspectos de su vida y de su obra te han llamado más la atención?
Su vida fue complicada, estuvo llena de vicisitudes: la relación con su marido, la pérdida de su
hijo… Pero al final consiguió dedicarse a la escritura, que era lo que más le gustaba.
De ella como persona, me gustaba mucho su imaginación, la capacidad de inventar historias. Me podía ver reflejada en algunos aspectos. A la hora de plantearme si escribir sobre ella o no, me llamó más la atención su vida personal que su labor como escritora.
Cuando escribes una novela identificas conflictos posibles, y de su vida me parecía que principalmente podían dar juego dos aspectos. Por un lado, su relación con Matilde Ras; es decir, su homosexualidad, de la que no fue consciente hasta bastante tarde. Por otro, la enfermedad de su marido. La muerte de su hijo también, pero en realidad yo creo que fue algo que la empujó a escribir y que acabó superando. Con lo otro tuvo que vivir toda su vida.
¿Y cómo has afrontado el encontrar el equilibrio entre la ficción y la realidad? ¿Cómo has investigado para darles voz a personas que existieron a través de tus personajes?
Yo investigo muchísimo. Luego no puedes volcar todo lo que sabes, pero necesito conocer bien el terreno que piso para escribir porque me da seguridad; además, soy curiosa y me encanta hacerlo. Te llamaré Celia trata sobre la vida de Elena Fortún, pero no deja de ser una novela de ficción, y por eso, la mayor dificultad para mí fue encontrar ese equilibrio entre ficción y realidad que respetara su memoria. Y con esto me refiero, por ejemplo, a no inventarme aspectos o situaciones que no eran reales, o a no romantizar su relación con Matilde o presentarla como si fuera una relación aceptable en la sociedad de aquella época, porque no lo era. Yo no quería incluir cosas que supiera que no iban con ella, ni con su personalidad ni con su realidad. Creo que todo lo que hay de invención en la novela podría haber ocurrido, son cosas que mantienen la coherencia con lo que sé de ella y de su vida.
Por un lado ha sido un reto y por otro un freno. Al escribir sobre personas reales, me cuesta soltarme del todo, por temor a traicionar su memoria. He procurado en todo momento ser respetuosa con ella y no centrarme solo en un aspecto de su vida para no encasillarla, sobre todo ahora que estamos recuperando su figura. Quería que se la viera dentro del mundo en el que vivió, con sus obras y su relación con otras mujeres, no solo en el plano amoroso, sino en su círculo de amistades.
Da pena también que entre ellas hubiera una diferenciación entre las que eran más conservadoras y las que menos, cuando a todas les unía lo mismo. Pero es algo que sigue pasando hoy en día…
Eso pasa siempre. Aunque es verdad que en el Lyceum Club de Señoras estaban bastante unidas. Para todas ellas fue un lugar de encuentro y de concienciación de su feminidad y de su poder como mujeres. Es un sitio del que se está hablando mucho ahora, pero yo creo que no se valora lo suficiente. Realmente tuvo un papel súper importante para toda la concienciación feminista y política.
Hablando de investigación, ¿cómo te documentas? ¿A qué sitios vas?
En Internet hay muchos estudios académicos, que a mí personalmente me encantan. Me leí toda la obra de Elena Fortún y los libros posteriores que se han publicado sobre ella: Oculto sendero,
El pensionado de Santa Casilda, El camino es nuestro… Todos estos tienen una introducción que es un estudio de las profesoras Nuria Capdevila-Argüelles y María Jesús Fraga en la que abordan las problemáticas de aquella época. Eso me dio mucha información para empezar a tirar de hilos que a mí me interesaban.
La época histórica me ha costado más, porque no es especialmente atractiva. Es bastante plana a nivel histórico, excepto cuando empezó a caer el régimen de Primo de Rivera. Ahí sí que pude buscar más y encontré algunas cosas interesantes de unas revueltas universitarias que utilicé en la novela para crear una escena con el hijo de Elena Fortún.
¿Te inspiras conforme investigas o partes de una idea y la documentación te va ayudando en el camino?
Normalmente tengo una idea de partida. Empiezo conociendo un poco el entorno temporal, histórico… Y luego, según voy avanzando, investigo lo que me pide la novela.
Entonces, eres escritora brújula…
Cuando estoy en un capítulo sé lo que va a pasar en el siguiente, y más o menos lo apunto, pero no tengo un guion previo de lo que va a ocurrir a lo largo de la novela. Lo he intentado, pero no es mi forma de trabajar.
En general, parto de una idea de personajes que tengo en la cabeza. Un par de ellos o tres.
Después, cuando me pongo a escribir, van surgiendo los personajes que la historia necesita.
¿Y qué poso te gustaría que dejara en los lectores y lectoras esta novela de Elena Fortún?
Me encantaría que descubrieran a Elena Fortún, por supuesto, y al entorno de mujeres que había en aquella época.
Yo no conocía a la mayoría de ellas. A María Lejárraga la descubrí hace tres o cuatro años. A Elena Fortún de oídas, pero vamos, muy de oídas. Y a las demás, nada. Y después de investigar, sé que en aquella época había mujeres en cualquier rama: había mujeres médicos, arquitectas, decoradoras, escenógrafas, escritoras, poetas, filósofas… Y no conocemos a ninguna de ellas como referentes femeninos.
El hilo de conexión se cortó en la guerra civil española. Ahí se rompió el nexo entre aquella generación de mujeres que habían sido brillantes, progresistas y que habían luchado mucho por sus derechos, y las que llegamos mucho después, a partir de la Transición.
Como la campaña a favor del divorcio que promovió Carmen de Burgos. Fueron avances que se quedaron estancados…
Sí, las mujeres de antes tenían la mente más abierta, y en cuanto llegó la Guerra Civil hubo un parón, un corte brutal. Como dice Elvira Lindo, las mujeres que surgieron después de la Transición, las que nacieron en los años 60, lo único que querían era no parecerse a sus madres. Y sus madres fueron las hijas de aquellas. Y eso es muy triste, porque veían que sus madres habían estado metidas en casa y ellas no querían ser así. Rechazaban la vida enclaustrada, centrada en los hijos, en la familia… En todo lo que había conllevado la dictadura. Sin embargo, es posible que sus abuelas hubieran sido todo lo contrario, y esto se desconocía.
Lo que más me gustaría es que la gente empezara a descubrir esa época, a esas mujeres que
realmente son nuestras pioneras, según la profesora Nuria Capdevila-Argüelles. Nosotras somos parte de aquel legado casi olvidado. Ellas deberían haber sido nuestros referentes femeninos. Yo
me emociono al pensarlo, por eso me entristece que sigan en el olvido…
Sí. Es triste ese desconocimiento y que la mayoría de personas piensen que las mujeres de antes no escribían ni hacían absolutamente nada.
Ya, y que digan que las mujeres estaban en sus casas o que era una sociedad muy conservadora.
Pero en las Cartas a las mujeres de España de María Lejárraga que publicó en 1915-16, ya se habla de una autonomía y una independencia femenina. Las mujeres tomaron conciencia de su identidad y de su valor, aunque luego todo esto fuera impensable durante la dictadura.
Y respecto a tus otras novelas, ¿cómo consigues hacer historias de amor para que el personaje masculino no sea el típico machista de la época? Porque siempre entretejes vidas de mujeres que luchan por sus sueños con romances que no las frenan.
En Un destino propio, Héctor Balboa era un personaje muy redondo. Era un hombre que
representaba de manera bastante fiel a los indianos de aquella época, porque lo investigué un montón. Tenía ese carácter fuerte y emprendedor que debían de tener los indianos a la fuerza. Y
no me costó mucho imaginarlo así, porque yo creo que era una persona que, al ser de origen humilde, sabía de primera mano cuánto costaba salir adelante y luchar por lo que uno quiere. Por eso, cuando conoce a Micaela la admira. Y fruto de esa admiración es de donde surge la historia de amor. Héctor valora y respeta el esfuerzo, las ideas y las iniciativas de otras personas. Y ella era una mujer que no se dejaba dominar fácilmente, con lo cual hacía que encajaran bien.
Y tu proceso de escritura, ¿cómo es?
Soy muy normal. Me pongo todos los días unas seis horas. Cuando estoy al principio, a lo mejor menos, porque hay mucho que pensar. A mitad suelo tener un parón —que parece ser muy habitual, según oigo de otras compañeras—, me cuesta saber por dónde tirar. Hacia el final ya voy más rápido. Soy muy de darle vueltas, de reescribir… Hasta que no estoy contenta con algo, no avanzo.
Pero, si un capítulo no te termina de convencer, ¿lo reescribes directamente o sigues y después vuelves?
Cada vez que me pongo a escribir, leo lo que escribí los días anteriores. Y cuando veo cosas que pueden mejorarse o enriquecerse, corrijo y sigo.
Cuando te bloqueas, ¿qué haces? ¿Tienes algún truco que te funcione?
Cuando me bloqueo, escribo, aunque no me guste. Hay días que escribes cosas que dices ¡vaya porquería lo que estoy escribiendo! Normalmente tengo bloqueos antes de ponerme a escribir una novela, cuesta mucho empezar. O cuando quiero ser demasiado perfeccionista y lo reescribo
todo. Y claro, no avanzo. Contra eso, lo mejor es dejarlo.
¿En cuál de tus protagonistas has volcado más de ti?
En casi todos, hombres y mujeres. Por ejemplo, en Micaela y en Héctor, hay cosas mías. En Victoria y Diego, de Una pasión escrita, también. Y en Elena Fortún no digo que hay cosas mías porque sería muy pretencioso, pero también las hay, porque cuando me puse a conocerla y a investigarla vi su faceta de escritora, sus dudas, sus miedos… Y resulta fácil reconocerte en ella. Al final, todos mis personajes tienen algo de mí.
Para algo eres la autora, ¿no?
No es que escribas sobre lo que conoces, pero tu mundo interior sí se vuelca de alguna manera.
¿Y a quién lees tú? ¿Cuáles son tus libros y autores y autoras favoritos?
No tengo escritores favoritos como tal, van cambiando. Y de lecturas… Me encantan los diarios de escritores. Tengo de Soledad Puértolas, de Muñoz Molina, de Saramago, de Chirbes…
También me gusta la literatura norteamericana de autoras como Elizabeth Strout y Anne Tyler, la novela policíaca, la poesía…
Para escribir, leo buena literatura, porque me inspira y me enriquece. Uno de los últimos libros que he leído y me ha gustado mucho ha sido La mala costumbre, de Alana Portero.
¿Y cómo ha cambiado tu vida desde que publicaste tu novela?
Pues no ha cambiado mucho, la verdad. Bueno, ha cambiado en el sentido de que me siento una privilegiada total. Me dedico a lo que quería desde pequeña: a escribir, a leer para escribir, a aprender, a documentarme… Soy dueña de mis horarios y de mi tiempo. Pero más allá de eso, mi vida no ha cambiado demasiado.
Y de tus futuros proyectos, ¿me cuentas algo?
Pues ahora estoy documentándome para la siguiente novela que también va a estar ambientada
en esta época, en los años 20. Cuesta tanto conocer una época, que hay que aprovechar todo lo aprendido. Cuando ya te has empapado, ves posibles historias por todos sitios. Y luego ya, no sé, lo que me apetezca, lo que me llame la atención.
Gracias, María. ¡Infinitas ganas de leer tu siguiente novela!
¿Te apetece seguir descubriendo autoras que rescatan historias de los años 20? Aquí podrás leer las charlas con Carmen Estirado y Ruth Prada.
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